miércoles, 30 de mayo de 2012

Strategos #88: El dilema de las alianzas


El dilema de las alianzas es un modelo teórico que explica cómo una alianza internacional puede debilitarse, e incluso desaparecer, cuando los intereses de los aliados dejan de ser armoniosos. El dilema reza que, así como intereses comunes crean condiciones para la formación de las alianzas, el carácter dinámico de la política internacional (y de la política en general) podría hacer que una secuencia de hechos distancie a los aliados, colocándose en una situación incómoda a aquel Estado que, teniendo el “deber” de acudir en ayuda de su aliado, considera que de hacerlo pone en riesgo intereses propios.
El problema está en que inhibirse se consideraría una traición, con lo cual corre no sólo el riesgo de perder al aliado en cuestión, sino además a crearse una reputación de aliado poco confiable, un precedente que podría afectar a sus relaciones exteriores en general. El dilema de las alianzas es común en relaciones desiguales en las que una gran potencia con intereses geopolíticos en una región en particular decide apoyar a un Estado menor y hacerse así de un aliado en la zona. En condiciones de alta conflictividad externa o interna, apoyar de forma incondicional al aliado menor puede ser una carga demasiado pesada, por lo cual las grandes potencias padecen de “temor al compromiso”, y los socios menores de “temor al abandono”. El dilema sólo puede ser mitigado con una firme posición que combine premios y castigos con el fin de afianzar el liderazgo, pero cuando un socio menor enfrenta una amenaza existencial, los esfuerzos del mayor parecen diluirse y el dilema genera salidas indeseables para ambos.

Toda esta explicación encaja con la realidad que, luego de la masacre de Hula, al oeste de Siria, están viviendo Moscú y Damasco. La tradicional alianza bilateral había soportado las presiones en buena medida porque Rusia necesita de un aliado en el corazón de Medio Oriente, más que para controlar a la región, para evitar la hegemonía de los Estados Unidos. Pero además, el abandono de Gadafi en el Consejo de Seguridad, en donde Rusia y China salvaron el voto que permitió la intervención de la OTAN, espaldarazo invaluable para el triunfo militar de los rebeldes del CNT, creó en sus aliados y socios menores en distintos continentes una imagen afectada sobre rusos y chinos. Rusia, sobre todo con Putin al mando formal y real, no podía permitir una nueva intervención, y sabiendo que las dificultades políticas de actuar militarmente en Siria le favorecían, decidió adelantar sus filas y proteger a Asad en la ONU y en el Mediterráneo. Pero la violación al cese al fuego por parte de las fuerzas oficiales sirias le crea un problema a Putin, que queriendo defender a su aliado, debe admitir que ha quebrantado, no sólo la norma escrita, sino también la regla política de la obediencia, es decir, el gobierno de Asad, desesperado, entró en desacato dentro de la jerarquía alianza. Rusia no puede sino declarar que el apoyo a Siria no es irrestricto, en un esfuerzo por desmarcarse de las masacres y por convencer a Asad para que acate la línea de mando de la alianza. En la difícil condición siria, ambos objetivos parecen lejanos.