viernes, 31 de agosto de 2012

Runrunes Diploos: Prometiendo fantasías: la visión de política exterior de Chávez


La campaña presidencial venezolana, como las campañas electorales en todo el mundo, considera secundariamente el tema de la política exterior. Este fenómeno, por obvias razones, tiende a ser más marcado en países con modesto protagonismo en la escena internacional, siendo menor en grandes potencias que practiquen rituales electorales competitivos (que no son todas). La primera, aunque no la única razón, es que el grueso del electorado considera que los asuntos exteriores afectan menos su vida que aquellos que tienen que ver con otras políticas públicas de impacto directo al individuo. En otras palabras, para el común, la política internacional es un tema tan abstracto y ajeno que se presta poca atención al mismo.
No obstante, la política exterior es siempre un tema electoral, sobre todo cuando alguna de las opciones en disputa se presume socialista y revolucionaria, lo que la lleva, en la mayor parte de los casos, a integrar grandes transformaciones del sistema internacional a su conjunto de promesas con fines proselitistas.
En Venezuela las opciones con posibilidades reales, las candidaturas de Henrique Capriles y Hugo Chávez, han tenido un abordaje muy distinto de los temas internacionales. Mientras el primero se aproxima poco y a través de un criterio realista –sujeto a las capacidades efectivas del país- sobre la política regional y mundial, el segundo ha convertido a los asuntos exteriores, como nunca antes en su larga biografía electoral, en un tema de primer orden en su set de promesas, haciéndolo, además, a través de una aproximación que, por asumirse revolucionaria, peca de falta de realismo. Dos elementos son centrales en el discurso de Chávez sobre asuntos exteriores: el primero, el proyecto de Venezuela como potencia de relevancia mundial; y el segundo, enlazado con el primero, la construcción de un mundo “pluripolar” y “multicéntrico”. Detengámonos a hacer un corto análisis.

Llama la atención, en primera instancia, las categorías que el candidato a la reelección emplea para explicar su visión de las relaciones exteriores. No hay en su discurso una definición consistente de “potencia”. Esto no es completamente culpa de Chávez, pues el estudio de las relaciones internacionales ha sido tan prolífico como indisciplinado en el desarrollo de etiquetas que distingan a los Estados en una jerarquía de poder. Esfuerzos recientes, como los que se llevan adelante en el Instituto Alemán de Estudios Globales y de Área (GIGA, por sus siglas en inglés), son apreciables, mas aún no resuelven la cacofonía conceptual. Sin embargo, la responsabilidad del desordenado uso del término “potencia” por parte de Chávez se encuentra en su poca consistencia con respecto a medios y objetivos, siendo habitual que afirme que Venezuela será una “potencia petrolera” –sin hacer reparos en las consecuencias de ser tal, asociadas a la llamada “falacia del factor único”, que precisamente niega la posibilidad de ser una potencia que se sostenga- para luego pasar a hablar de la “potencia media”, añadiendo en medio el concepto de “potencia regional”. El razonamiento podría ser que si al electorado poco le importa el asunto, pues no vale la pena una conceptualización demasiado ordenada y elaborada. Pero también transluce manipulación discursiva, orientada a distraer, y escasas ideas sobre cómo lograr el objetivo. Con respecto a los conceptos sobre un mundo “pluripolar” y “multicéntrico”, nuevamente notamos fallas de consistencia interna, pero quizá lo más importante aquí sean las composiciones neológicas. No son originales, parten de la experiencia de la intelectualidad internacional de izquierda en búsqueda de darle un significado aprehensible y amistoso a un entorno mundial elusivo y agresivo, pero no cabe duda que no habían tenido una plataforma de difusión mejor antes de que Chávez los incorporara a su discurso.

Más allá de las definiciones está la poca operatividad que tienen las promesas de política exterior del candidato del gobierno. La construcción del poderío nacional (sin hablar ya de etiquetas) ha sido ampliamente estudiando, pero quizá sea la ya clásica fórmula de Paul Kennedy la que mejor nos pueda ilustrar la titánica tarea, ya que para este historiador el poderío es una función del control de los ciclos de innovación tecnológica. Supone esta afirmación una infraestructura nacional (civil, educativa, burocrática, industrial y militar) a tono con las exigencias de la etapa histórica que se viva. La fragilidad de nuestras vías de comunicación y penetración, la disminución de la calidad educativa medida en rankings internacionales, la desprofesionalización de la administración pública y la fuerza armada, y el estado actual de las industrias básicas (incluida la petrolera), pintan un cuadro poco alentador para el poderío nacional. Siendo esto así, ¿cómo se puede transformar el orden mundial para restablecer el “equilibrio del universo”? No podemos negar que los órdenes multipolares ofrecen ventanas de oportunidad excepcionales para Estados revolucionarios, y en poco más de una década la Venezuela de Chávez ha incursionado en la política de desafío al orden internacional de arquitectura noratlántica. Alba, y parcialmente Unasur y Celac, con todas sus limitaciones, son logros exteriores del autoproclamado “socialismo bolivariano”. Sin embargo, la fuerza gravitatoria venezolana está constreñida a sus posibilidades reales de poderío, por lo que la transformación del mundo no deja de ser en gran medida un enunciado propagandístico, y no un proyecto plausible.

Por último, lo más grave de lo dicho es que parece haber un grado importante de convicción en lo afirmado por Chávez. No caemos en la ingenuidad de afirmar que cree todo lo que dice, pero no podemos descartar que diga todo lo que cree. En todo caso, las promesas de cara a las relaciones exteriores parecen condenadas al fracaso por ir a contrapelo de la realidad, lo que supondrá más frustración (y una veta inagotable de esperanza, por cierto), y en el esfuerzo se agotarían más que las energías del país, pues los recursos se comprometen en políticas que no parecen dirigirnos a un puerto seguro. Con las fantasías geopolíticas sucede como con los almuerzos, ninguna es gratis.