miércoles, 15 de agosto de 2012

Strategos #99: Transición egipcia


El tacto en la audacia es saber hasta dónde se puede ir demasiado lejos.
Jean Cocteau

Los politólogos generalmente estudiamos los procesos de transición como acontecimientos ex post, por dos razones fundamentales: primero, las decisiones cruciales dependen de series de hechos y decisiones menores que no se muestran sino a la posteridad; y segundo, abordarlos en tiempo presente supone el enorme riesgo de especulaciones que terminen en predicciones fallidas. Pero pocas veces presenciamos transiciones políticas tan claras como la que se está produciendo en Egipto, razón por la que asumimos el riesgo politológico.


El presidente Mursi, aprovechando el apoyo mayoritario con el que cuenta por su reciente elección, y por ser el líder del partido político más importante de Egipto, el movimiento islamista “Hermandad Musulmana”, hizo pública el domingo la decisión de destituir al hombre fuerte del país, el mariscal de campo Tantaui. Con la destitución vinieron el desconocimiento del gobierno a las enmiendas constitucionales que le daban autoridad política a las fuerzas armadas, y la atribución presidencial temporal de poderes especiales sobre la función legislativa. En la práctica, esto significa que Mursi rompe con la democracia tutelada que había alcanzado su cúspide con Mubarak y establece una dictadura comisarial, contando con el apoyo popular mayoritario y -al menos hasta los momentos- la subordinación militar.

La prudencia de los voceros diplomáticos de las grandes potencias y de los poderes regionales es comprensible. Mientras los ojos estaban puestos en la guerra siria, Mursi ha sorprendido al mundo con una maniobra inesperada, no por inconcebible sino por arriesgada. Levando la situación al extremo de máxima tensión en la confrontación islamista/civil-laico/militar, el gobierno egipcio parece haber ganado la partida, y en el proceso todo indica que ha obtenido mayor legitimidad. Pero los efectos no tardarán en convertirse en problemas para la seguridad internacional.

Aunque hoy Irán es sin duda un enemigo preocupante para Israel, no podemos obviar dos factores, uno geográfico y otro de naturaleza histórica: Egipto tiene fronteras directas con el Estado israelí, y si bien todas las fronteras de Israel son complejas, la del Sinaí presenta un cuadro particularmente amenazante, pues incluye en la ecuación a la cuestión palestina en la más agresiva de sus facetas actuales, Hamás. Por otra parte, entre 1948 y 1973, Egipto lideró al bando árabe en todas las guerras árabe-israelíes, siendo el más ardoroso enemigo del sionismo bajo la ideología panarabista. Un Egipto panislamista conseguiría tantas o más razones para adversar a Israel.

La transición egipcio parece ser la reincorporación geopolítica de un gigante regional que durmió por tres décadas, contribuyendo hoy su despertar con el temprano auge de la inestable multipolaridad global.