viernes, 28 de septiembre de 2012

Runrunes Diploos: EE.UU. y el dilema del excepcionalismo


Generalmente se le adjudica al origen puritano de los EE.UU. la convicción, cada vez menos extendida, de que es una sociedad excepcional destinada a grandes logros por la humanidad. Huntington (el politólogo) afirmó que su país había comenzado como una sociedad de colonos que poco a poco se identificaba como una de inmigrantes, dos categorías muy distintas entre sí. Tocqueville dijo, tras sus observaciones, que eran hijos de la filosofía, es decir, del proyecto ilustrado y de la modernidad, contrastando con Europa que era hija de la historia, o en otras palabras, de la sucesión de guerras que le dieron forma. Clinton, en pleno ejercicio de su presidencia, punto más alto de la primacía americana, llegó a catalogar a su país como “la potencia necesaria”, y su secretaria de Estado, Albright, habló de la privilegiada perspectiva moral de los EE.UU. por encontrarse en un punto de mira muy alto. Kissinger identificó dos grandes corrientes de pensamiento en el aparato de política exterior estadounidense, una realista, que él favorecía, y otra idealista, que identificó casi como de cruzada moral.


La interpretación dominante sobre la multipolaridad ha llevado a Obama a asumir una doctrina de bajo compromiso, lo que es igual a renunciar al excepcionalismo americano. Renunciar a la exportación o imposición de un set particular de valores es históricamente inusual para una gran potencia, y ninguna ha sido tan grande como los EE.UU. Por otra parte, la doctrina de compromiso selectivo (también llamada del “poder inteligente”) permite una concentración de esfuerzos en objetivos clave, evitando así la dispersión estratégica que debilita y favorece a los competidores en un mundo de múltiples y desiguales polos.

No nos cansaremos de advertir que la política exterior es la más autoritaria de todas las políticas públicas de un Estado democrático, pues su formación y ejecución son siempre cupulares, y porque es secundaria entre los temas electorales. Pero para quienes vemos las elecciones de estadounidenses desde el exterior, es un tema central. Romney no ha ocultado su orientación hacia el excepcionalismo. Su principal crítica es que Obama ha abandonado a los aliados. No le falta razón al republicano, pues la administración demócrata, en distinto grado, enfrió su trato con Colombia, Egipto (de Mubarak), Israel y Pakistán, por ejemplo, sin esforzarse por suplir a estos con nuevos alineamientos regionales de similar grado de compromiso. La reputación de los EE.UU. en el mundo ha venido cambiando, y aunque su presencia sigue siendo global, su protagonismo es sin duda menor. Pero volvemos al inicio: ¿es razonable una política más agresiva en el orden multipolar heterogéneo de hoy? ¿Se fortalecerían o debilitarían los EE.UU. con una mayor actividad político-militar frente a poderes emergentes que pueden ser tan rivales como socios? ¿Es sensato renunciar a la exportación de valores liberales cuando el sistema internacional no muestra un perfil ideológico claro y se transa con acciones de poder e influencia?

No hay respuesta fáciles para estas preguntas, los electores estadounidenses no las están considerando, y tienen pocos estímulos para hacerlo. En mi opinión, el excepcionalismo americano podrá sobrevivir y florecer, pero centrándose en aspectos domésticos y con una relativamente reducida proyección internacional. Es posible que Obama haya inaugurado un nuevo ciclo histórico en la política exterior de los EE.UU.