miércoles, 19 de septiembre de 2012

Strategos #104: Sucesión y Gobernabilidad


Se aproxima un nuevo relevo en el liderazgo del Partido Comunista Chino. Luego de Mao Zedong, Deng Xioping, Jiang Zemin y el actual presidente, Hu Jintao, todo indica que Xi Jinping podría encabezar a la quinta generación del PCC. Los chinos experimentaron un proceso traumático a mediados de los años 70 con la muerte de Mao y el posterior proceso de reivindicación de los reformistas dirigidos por Deng. Éste último, conociendo los riesgos de heredar un sistema tan personalista como lo fue el maoísmo, trató de llevar adelante una sucesión controlada dentro del partido, traspasando el poder progresivamente a Jiang. El modelo de sucesión controlada adquirió sus contornos más generales cuando Jiang entregó a Hu la Secretaría General del PCC y la Presidencia de la República Popular, pero se reservó para sí la tercera instancia de autoridad, la Comisión Militar Central, en otras palabras, durante la primera parte del gobierno del actual presidente chino fue como líder del partido, jefe de Estado y gobierno, pero no como comandante en jefe de las fuerzas armadas. La misma fórmula parece estar entrando en una fase de ejecución.


El ejemplo chino es evidencia de la importancia de la sucesión como factor de estabilidad política y, por ende, de gobernabilidad. No nos referimos aquí de gobernabilidad democrática, mucho más compleja y apareada con principios centrales de imaginario de la Ilustración, sino de la gobernabilidad pura y simple, casi como elemental control político. La expectativa de sucesión no tiene necesariamente que ver con la de alternabilidad, aunque cumple funciones análogas, pues permite, dentro de un orden imperante, que se generen esperanzas con respecto a un replanteamiento de las reglas dominantes en el sistema, abriendo así un proceso de renegociación de condiciones, o al menos expectativas del mismo. El caso chino es extremo, pues se trata de un sistema de partido único, que parece estar mostrando signos de agotamiento en las repúblicas (como lo están demostrando las protestas árabes), y que podría estar dando paso a un modelo más acorde con los tiempo que corren: el de sistema de partido hegemónico.

El 7 de marzo de este año escribíamos en esta misma columna sobre el partido hegemónico, poniendo como ejemplo a Rusia Unida, el partido de Vladimir Putin. La presión que genera la demanda creciente de sucesión política en sistema republicanos actuales, está limitando las posibilidades de éxito (en términos de gobernabilidad) de sistemas unipartidistas. Pero otra fuerza acompaña a este clamor, y es el crecimiento de las preocupaciones por el espacio privado. Bien sea por la precariedad que condena al individuo a una constante lucha por la supervivencia, o por la hipermodernidad narcisista que lo aleja de la estéticamente desagradable y séptica ágora, la ciudadanía es cada vez más una experiencia subjetiva (cómo el PCC definió a la democracia en 2007). Este contra sentido encumbra al liderazgo en unas condiciones novedosas, las que llevan a un discurso demagógico de “gobernar obedeciendo”, como se ha dicho en Venezuela, pero que en la práctica supone la hiperdependencia al hombre fuerte y al partido-plataforma. La fórmula de expectativa de sucesión está demostrando así su pertinencia en este temprano siglo XXI.