miércoles, 9 de enero de 2013

Strategos #115: ¿Árbitro Brasileño?


¿Está Brasil maduro como potencia hegemónica regional para arbitrar procesos políticos complejos en su periferia? Información que llega a Venezuela desde Brasil indica que, al menos en el gobierno brasileño, creen que sí. La presidente Dilma Rousseff cuenta en su equipo de gobierno con las dos estrellas políticas que le permitieron a su antecesor, Lula Da Silva, jugar el complejo juego de la política internacional multipolar cuando se desea escalar en la jerarquía mundial. Nos referimos a Celso Amorim (canciller de Lula y ministro de la defensa de Dilma) y Marco Aurélio Garcia (asesor de política exterior de ambos presidentes). Pero además, el arma no tan secreta de Brasilia es su desempeño económico, pues luego de dos décadas de restricciones fiscales, el crecimiento brasileño le permitirá al gobierno expandir su gasto en 2013, y Venezuela es una pieza clave en el proyecto de la potencia.


La situación de incertidumbre que rodea a la titularidad del poder en Venezuela, y que pone en jaque, no sólo a la constitucionalidad, sino además al propio chavismo como movimiento político con perspectivas de trascendencia histórica, no pasa desapercibida para las potencias (mayores y menores) con intereses en el país. Dilma ensaya declaraciones de apoyo y solidaridad con el PSUV y Chávez (dirigiéndose al partido junto al líder, algo rara vez visto en la era Chávez), pero al mismo tiempo advierte sobre la necesidad de la continuidad institucional. Brasil, que desea presentarse como la potencia regional líder por excelencia, debe tener algún grado de participación en el complejo proceso de sucesión/transición de Venezuela. Sin caer en el debate acerca de conveniencia o no de la injerencia brasileña en los asuntos internos venezolanos, el proyecto del poder emergente del sur pasa por convencer al mundo de su viabilidad hegemónica.

Pero Brasil tiene importantes obstáculos que le separan del objetivo, al menos en lo que respecta a Venezuela. Por una parte están los atributos propios, pues el tamaño de la economía brasileña y su influencia política externa no parecen ser aún suficientes para gestionar procesos políticos fuera de sus fronteras, ni siquiera en su periferia. La voluntad cuenta, pero no siempre puede suplir a las capacidades materiales reales. Pero además están los factores externos, pues la política venezolana bajo egida chavista ha sido la de diversificación de las influencias foráneas, esto es, incluir a tantos intereses como sean posibles para, en primer lugar, reducir la influencia de potencias occidentales, regionales y poderes fácticos domésticos; en segundo lugar, para neutralizarlos entre sí; y en tercer lugar, para todos converjan en objetivos conservadores con respecto a la continuidad chavista.

Aunque no sea una prueba definitiva para evaluar el poder real de Brasil, la crisis venezolana ofrece la oportunidad de valorar, al menos parcialmente, cuál es el rol de gobernanza que puede jugar en la región.