martes, 14 de mayo de 2013

Strategos #125: La Hora de Turquía


El gobierno turco ha afirmado que las fuerzas leales a Bashar al-Assad, el tambaleante presidente sirio, ha usado armas químicas contra población civil. La misma afirmación la hicieron Israel y posteriormente los Estados Unidos, pero por razones obvias la autoridad que podrían tener sus acusaciones está matizada por la mala imagen que ambos países tienen en el mundo islámico. Es por ello que el protagonismo turco es de un paso trascendental en una guerra civil en la que una compleja configuración de fuerzas externas ha impedido acciones contundentes para poner fin a las hostilidades. ¿Pero, marcará este anuncio la reincorporación de Turquía en la senda de las potencias emergentes?

Turquía tiene atributos atractivos para ser una potencia regional en el siglo XXI. Heredera del Imperio Otomano, está separada de los regímenes árabes por razones étnicas, pero comparte con éstos la fe en el Islam sunita. Su modernización occidentalizada de ya casi un siglo no es perfecta, pero le ha valido para ser considerada desde el principio la antesala de Europa y aliada de Washington. Su posición geográfica y su historia de rivalidad con Rusia fueron, además sus credenciales para ser ingresada desde muy temprano a la Otan. No obstante, el gobierno de Erdogan no ha tenido siempre las mejores ideas para ganar una posición dominante e incuestionable como potencia garante de la seguridad regional. Su oposición frente a Israel en el caso de las flotillas con destino a Gaza, y su triangulación con Brasil e Irán para solventar las tensiones generadas por el programa nuclear de este último (sin el consentimiento de los cinco grandes del Consejo de Seguridad), debilitaron las relaciones de confianza entre Turquía y sus aliados tradicionales. Esas tensiones se trasladaron al interior del sistema político, haciendo recordar los días en que el ejército tutelaba a la débil democracia turca y era capaz de deponer gobiernos que se alejaban de la línea dibujada por el legado de Kemal Ataturk.

La guerra en Siria le ha dado una nueva oportunidad a Ankara para reivindicarse con sus aliados naturales, pero además para asumir un liderazgo islámico que Irán, Egipto o Arabia Saudita no pueden asumir, por los vínculos del primero con Assad, la inestabilidad del segundo, o la política exterior cautelosa del tercero. Es la hora de Turquía. Turquía puede seguir con su senda de potencia autónoma, con intereses nacionales claros y sin subordinación político-militar a ninguna gran potencia, pero contando con la legitimidad de ser la llamada a generar  estabilidad regional por medio de acciones multilaterales, lo que resulta altamente apreciado en un ambiente de seguridad internacional del siglo XXI.