jueves, 23 de enero de 2014

The business of lying



Mientras escribo el manuscrito final de mi tesis doctoral, me tomo como una forma poco recomendable y heterodoxa de "descanso", escribir sobre temas académicos conexos, pero fuera de mi proyecto. Esto lo hago los sábados. Escribiendo sobre la relación entre los estudios internacionales y la ciencia política, en el eterno dilema sobre la autonomía o no de los primeros, debo desafiarme para no reproducir mis propias convicciones (que no son autónomos, pero claro, soy un politólogo que trabaja estudios internacionales, no iba a decir lo contrario). Es así como exploré el potencial del realismo neoclásico. 


Mi principal preocupación metodológica, que pude expresar hoy en un taller sobre trabajo de campo en zonas de conflicto, es que, en el esfuerzo de ser un experto en seguridad internacional, uno debe manejarse con la opinión de diplomáticos y militares activos, por lo general. Comentaba esta mañana que habría un potencial sobredimensionamiento de las entrevistas y otros métodos de recolección de datos cualitativos cuando los sujetos que proveen información están en áreas sensibles para el Estado, por lo que la transparencia no es su fuerte. Lo llamé "the business of lying". Y es allí cuando caí en cuenta que tenía un argumento para rebatir todo lo que había hecho por explicar la unidad de la ciencia política.


Por fortuna (politológica, no moral), "the business of lying" no es sólo común a oficiales con altas responsabilidades de defensa y diplomáticos, sino que la mentira es usual en todo trámite público, y muchas veces beneficiosa para hacer marchar los macroprocesos políticos (¿qué son las ideologías sino grandes mentiras sobre la superación y el porvenir?), negociaciones, estrategias y acuerdos (desde elecciones locales hasta disuasión nuclear). ¿Cómo debe la metodología empírica superar el desafío de la mentira? Bueno, ya eso es otro paper...